
La imagen es un altar de muertos en la población de Naolinco Veracruz, México, tomada de la www.
De manera peculiar, coloquial y hasta jocosa hacemos de la huesuda motivo de gran festejo, tal vez así le quitamos lo frío, lo inesperado y lo amargo cuando aparece ya en serio y se lleva a un ser querido. Podría prosar sin pensar, sólo dejando la pluma rodar mientras le dure en el cálamo la tinta sin secar, mas creo que entre la broma tendremos que más en ella pensar.
La calavera de azúcar, la de amaranto y cacao no nos asustan ni un poco, mas la que no tiene diente, día, hora ni talante, esa sí que no sabemos como afrontar su presencia, por eso mi fino amigo que gentil lee mis sencillas letras permítase un momento para pensar en el día en que el tiempo se detenga en su reloj circadiano y empiece a planificar desde qué ropa querrá llevarse puesta al final, qué invitados tendrá, quién no será bienvenido, el color de ese cajón que dentro le contendrá, y la manera de hacer saber a aquellos que usted ama lo que les heredará, desde sus zapatos nuevos hasta el reloj de pared, los libros, discos, y su mascota, recuerde que los animales de compañía son más nobles que alguna tía, hay que dejarlos con quien sepamos los cuidará de buena manera pues igual no habrá quien. Se le fue la oportunidad en septiembre de hacer un buen testamento a precio de promoción, así que no espere más, compre el terreno en donde usted lo quiera, o la cripta con la urna, luego disponga con calma todo lo que desea no quede pendiente ni sea problema para otra gente que luego no le permita tener paz a su alma.
Una vez ido de aquí sabemos con certeza que alguien en su altar un vaso de agua nos pondrá pero quizá hasta una cerveza, aquello que más nos gusta hay que dejarlo saber para que en el altar no falte junto a la sal, al camino de lindas flores y la veladora perfumada que nos permita saber por donde andar de regreso hacia el hogar en esa noche que Dios permitió a los que así lo creen.
Nada de andarse comprando vampiros, brujas y calabazas, mire que el mexicano ha mamado desde niño tradiciones, esperanza y hemos rendido honor a la vida festejando a la muerte, como bien lo expresa en sus textos la escritora Mary J Andrade, por cierto, vale la pena leerlo! “Día de muertos, Pasión por la Vida”, hay que tener bien plantadas nuestras tradiciones amigos, infundirla en nuestros niños, adolescentes y aquellos que veamos agringados pidiendo “un dulce o truco”. No hay país en todo el mundo que festeje el día de muertos tan bonito como el nuestro, y por si acaso usted duda de preparar ya su ofrenda les comparto este cuento de mi autoría al que titulé “Camilo” pero usted seguro conoce a más de uno como este:
“Llovía a cantaros aquella densa noche, las calles empedradas parecían espejos de tanta agua que los bañaba. Ante cada relámpago los destellos eran ráfagas de luz cargada de aquella energía fantasmal que nos acompañaba siempre en noviembre…cuando vienen los muertos. Y hay que tapar los espejos pues si se llegan a ver en ellos se asustan y además nos puede caer un rayo si se refleja ahí el relámpago, eso dice la gente mayor que es sabia y experta.
Decía doña Candelaria que los muertos vienen a visitar a los vivos cada año, que Dios les daba permiso de volver cada día dos de noviembre y el Camilo siempre dijo que estaba loca. “¿Quién va a creer a esa vieja chismosa y analfabeta? ¡Esos son cuentos pa’ los tarugos!”, decía el Camilo, hasta hace un año que se quedó mudo.
Dicen allá en el pueblo que fue una noche como esta, así de tormentosa, con los relámpagos y todito, por eso mejor nos quedamos en la casa, pero me acuerdo de hace un año, el Camilo venía pa’l pueblo, luego de pasarse unos días allá en la ciudad, se fue dizque pa’ visitar la casa de su abuela, la difunta Carmina, donde creció y se crió, donde murieron sus padres: Carmen y Camilo, de muerte natural, y su hermana la mayor, Clotilde, la que mató el marido celoso. (Por tradición todos los nombres tenían que comenzar con la letra “C” en su familia) Ah!, pero la cosa es que fue a ver aquello de estaban invadiendo la casa, que de noche se oían ruidos y esas tonteras que contaba doña Candelaria, la más vieja del pueblo, así que quiso acabar con los chismes y se fue el 30 de octubre, no encontró mas que preparativos para el día de muertos en el mercado, con los vecinos, en la escuela y en todos lados, igualito que en el pueblo y se regreso enojado, decía que para qué tanto cuento, que puros pretextos para beber tequila y comer mole, que puro gasto inútil y que él nunca pondría una ofrenda a menos que los viera regresar.
La tormenta arreciaba, los relámpagos hicieron que se quemara el único transformador de luz del pueblo y nos quedamos a oscuras, nadie salía de sus casas, pero en todas ya estaba puesta la ofrenda, con sus arcos de caña y sus veladoras, sus flores, su agua y el chocolate, todo lo que al difunto le gustaba, claro que la foto del difunto es lo principal. No había luz pero las veladoras alumbraban todo el pueblo, luego que el Camilo se quedó mudo nadie deja de poner sus ofrendas a los muertos. Ah!, sí, era el dos de noviembre en la madrugada, con todo y la lluvia el Camilo se vino andando, atravesando el monte, machete en mano, quería llegar pronto a su casa y prepararse para ir a comer a todas las casas pues decía que “él aprovechaba lo que los muertos dejaban”, cuando venía a medio monte vió la procesión, caminaban para el pueblo, parecía que iban de fiesta, con todo y la lluvia sus antorchas no se les apagaban, reían y hasta iban comiendo y bebiendo. El Camilo corrió pa’lcanzarlos, quería aprovechar pa’ no irse solo y preguntarles quién los convocaba.
Dicen que al final de la procesión iban, muy tristes, una anciana y una pareja madura que caminaban mojados junto a una muchacha que se miraba buena moza a lo lejos, pero lo raro era que iban llorando entre la oscuridad, no llevaban antorchas, sólo un palo de ocote que se apagaba a cada rato. Cuando el Camilo los alcanzó y se les emparejó en el camino un relámpago iluminó las piedrotas del camino y a las personas en que se había fijado, con la luz les vió la cara, ¡Ahí estaban doña Carmina, su abuela, Carmen y Camilo, sus padres, y la buena de Clotilde, su hermana!, sin veladoras, sin comida, porque el Camilo no les ponía nada de puro incrédulo.
No supo ni cómo llegó al pueblo, gritaba como loco, con los cabellos, que antes de irse eran negros, todos blancos, los ojos desorbitados y gritando “¡Vienen los muertos!, ¡Vienen los muertos!, ¡Pongan la ofrenda!” y luego de eso se quedó como ausente, mudo para siempre, la mirada perdida, la cara de asustado.Y ahora que me acuerdo voy a mirar que ninguna veladora me falte y que mis vasos de agua estén completitos, no sea que me falte alguno de mis muertos, ya va siendo hora de que lleguen, no me agarren desprevenido, y tú ¿ya pusiste tu ofrenda? ¿Ó esperarás a verlos? (Publicado en el Diario de Xalapa, todos los derechos reservados de autor©®)



